viernes, 19 de agosto de 2016

Madrugadas

Madrugada. Abrir los ojos. El cerebro ya lleva su rato trabajando, procesando, rumiando, exagerando, sobre analizando, viendo de varias perspectivas algo que no debe ser pensado más. ¿Levantarse ya? no, hace mucho frío, la cama ata, ¿tratar de seguir durmiendo? imposible, el cerebro no se apaga y con cada caída en el sueño lanza ideas, desaforado. Sumarle la taquicardia, el corazón va a mil, hay un bulto en el pecho que quiere salir por la boca y por lo general me obliga a que lo primero que haga en el día sea vomitar.
 
Estas son mis mañanas en estos días, como lo fueron también en marzo.Y no hay antídoto, solo sirve esperar, pararse en el mundo y abrazar el día y sus complicaciones, para que el cerebro deje de rumiar las ideas parásitas.

Hubo otras madrugadas, hace muchos años. Abría los ojos después de una noche de sueño intranquilo, con una imperiosa necesidad de ir al baño, tenía que cubrirme muy bien antes de salir porque el frío dolía en la piel. Eso era a las cuatro de la mañana. Volvía a la cama a esperar que el mundo arrancara, habían más idas al baño, náuseas, vómito, falta de fuerza y sobre todo, la esperanza perdida acerca del día que se avecinaba. Lo que seguía era más de lo mismo que había tenido el día anterior: quimioterapia.

Tres días a la semana, cada quince días, en los cuales me levantaba a ponerle el pecho a la vida (literalmente me clavaban todo en el catéter bajo la clavícula derecha), y eran los días más largos y más difíciles, llenos de venenos, vómitos, diarrea, náuseas, olores fuertes, mucho sueño y muchos malos sueños, se me iba la voz, la garganta raspaba, tocar cosas frías dolía, el apetito no existía, y yo sentía mi vida estancada, atrapada en un ciclo de quimio tras otro, las ganas de vivir agazapadas, los sueños aplazados. Odiaba a todo el mundo, principalmente porque nadie estaba en mi cuero y nadie sabía lo difícil que era levantarse a vivir, tenía mucha ira y mucho odio, odiaba hasta las personas que subían caminando a la Javeriana a estudiar, a hacer una vida, mientras yo iba en un taxi a que me envenenaran.

Cuando salí de eso las madrugadas dejaron de ser feas, abrir los ojos ya no se sentía tan mal. Entendí que abrir los ojos y estar entero, poder levantarme solo de la cama, no sentir dolor o urgencias o náuseas, no tener miedo a lo que me aguardaba en el día, saber que ponía el pie en el mundo para hacer lo que me gusta y lo que escogí hacer, eran regalos, o cosas que de tenerlas siempre no las valoraba y yo ahora lo hacía y mucho. 

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